viernes, 18 de octubre de 2013

Ceremonia de entrega del Premio Rafael Manzano Martos 2013 a Ignacio Medina y Luis Fernando Gómez-Stern

En un acto solemne presidido por S.A.R. la Infanta Doña Elena y celebrado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) se entregó en la noche del martes 15 de octubre de 2013 el II Premio Rafael Manzano Martos de Arquitectura Clásica y Restauración de Monumentos a Ignacio de Medina y Fernández de Córdoba, Duque de Segorbe, y al arquitecto Luis Fernando Gómez-Stern por su trabajo de restauración y rehabilitación durante varias décadas del importante conjunto urbano sevillano hoy conocido como Casas de la Judería. El Premio, que existe gracias a la generosidad de Richard H. Driehaus y que cuenta con la colaboración de la School of Architecture of the University of Notre Dame y el apoyo de la mencionada Real Academia de Bellas Artes y de la Fundación Mapfre, consiste en 50,000 euros y una placa conmemorativa.



En primer lugar, Antonio Bonet, presidente de la Real Academia de Bellas Artes, agradeció a Richard H. Driehaus el haber generosamente regalado a esta institución una maqueta, obra del reconocido maquetista Juan de Dios Hernández, del proyecto inicial de Juan de Villanueva para el edificio que hoy alberga el Museo del Prado, que se expondrá una vez finalizada en una sala expresamente dedicada para tal fin con la que se honrará al mismo tiempo a su donante.


Carol Wyant, a continuación, en nombre del director de la School of Architecture of the University of Notre Dame, Michael Lykoudis, quien hubo de ausentarse por motivos familiares, habló de los valores que este premio representa y honra: la preservación del carácter local, la preservación y potenciación de la belleza tradicional que liga a las ciudades con la cultura y el paisaje en el que se desarrollan, la durabilidad, adaptabilidad y funcionalidad que acompañan a esa belleza y la gestión sostenible de los recursos existentes en un territorio que la continuidad con la tradición arquitectónica local implica. Destacó que con este premio no se mira nostálgicamente hacia el pasado, sino con optimismo hacia el futuro.



Richard H. Driehaus explicó los orígenes y objetivos del premio por él instituido, dirigido a promover una preservación del rico patrimonio arquitectónico español más sostenible y más implicada con la conservación de la singular identidad de nuestro paisaje y nuestros conjuntos urbanos. Alabó las virtudes del trabajo ganador, una iniciativa privada dirigida a la conservación de todo un barrio de la ciudad en su completa integridad, la mayor de este tipo desarrollada en nuestro país, demostrando que los principios de la arquitectura y el urbanismo tradicionales no sólo continúan teniendo sentido en el mundo contemporáneo, sino que enriquecen y hacen más humana y equilibrada la ciudad actual. Esas tradiciones nos ligan a nuestra cultura, honran nuestro pasado y permiten construir un futuro mejor, creando verdaderas comunidades, más saludables y sostenibles. Resaltó también la importancia comprender que una casa no es necesariamente un hogar y que un conjunto de edificios no es necesariamente una comunidad, pero existen en nuestro pasado lecciones sobre cómo logran que lo sean que pueden estudiarse y continuar aplicándose.




Se proyectó acto seguido un ilustrativo vídeo sobre la obra ganadora en el que sus autores exponían los principios que en ella aplicaron.

Finalizado éste, tras un sonoro aplauso, tomó la palabra Rafael Manzano, refiriéndose primero a la composición e historia de la antigua judería sevillana.  Integrada por los barrios de Santa Cruz, Santa María la Blanca y San Bartolomé, sería objeto de distintas restauraciones en momentos muy diversos de su historia. El barrio de Santa Cruz tendría la fortuna de ser restaurado con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929 gracias a la iniciativa del Marqués de la Vega-Inclán, creador también del madrileño Museo Romántico y de la toledana Casa del Greco, hoy desfigurada por una pésima y costosa intervención. Muchas de sus viejas casas fueron entonces restauradas,  creándose al mismo tiempo otras nuevas, pero hábilmente inspiradas en las precedentes.  Santa María la Blanca y San Bartolomé, sin embargo, quedaron abandonados durante décadas, deteriorándose progresivamente. Además, desde las administraciones fue proscrito cualquier trabajo de verdadera restauración que pudiera devolverles su mejor cara, favoreciéndose tan sólo la adición de elementos disonantes con lo preexistente. Mientras tanto, los arquitectos que intervenían en ellos, amparándose en criterios higienistas y carentes ya de formación en el lenguaje tradicional de la ciudad, iban reemplazando sus edificios por torpes y convencionales construcciones. Por fortuna, el Duque de Segorbe asumió la responsabilidad de ir adquiriendo casa por casa cuantos edificios pudiera salvar de la piqueta, restaurándolos uno por uno y reintegrando progresivamente la belleza que el barrio había ido perdiendo con sus mismos lenguaje, materiales, técnicas y colores, con sus luces y sus sombras, para lo que contaría con la colaboración del arquitecto Luis Fernando Gómez-Stern. Terminó su intervención felicitando al arquitecto Julio Jesús Palomino Anguí por sus trabajos de restauración de diversas iglesias de la comarca de la conocida como arquitectura negra, en la sierra norte de Guadalajara, que le valieron una mención por parte del jurado del Premio.





Luis Fernando Gómez-Stern habló de cómo actuaciones como la premiada son relegadas por muchos a la categoría de lo museístico o anticuado, pese a que las arquitecturas clásicas y tradicionales no sólo son compatibles con la vida contemporánea, sino que la hacen más amable, sostenible, versátil y, en definitiva, más moderna. Formado en la década de los sesenta, su formación fue ya la de la cultura de la modernidad arquitectónica, terreno en el que también ha trabajado y que tiene también su lugar en la ciudad actual, siendo a través de su mujer, María de la Cruz Aguilar, y, sobre todo, de Ignacio de Medina como llegaría a la arquitectura tradicional. En la obra ganadora, sin embargo, se evitaron en todo momento los injertos de arquitectura ajenas, entendiendo que éstos habrían alterado la armonía y la integridad de cada pieza y del conjunto, y se determinó por recuperar el paisaje tradicional de la ciudad.


Intervino en último lugar Ignacio de Medina habló de los orígenes de su interés en la restauración, que, alejados de la enseñanza reglada, le mantuvieron ajeno a los dogmatismos y extremismos teóricos que con frecuencia han lastrado numerosas intervenciones en nuestro patrimonio. Aprendió de sus maestros a entender el patrimonio como un fósil del pasado, sino como una herencia con continuidad en el presente, trascendiendo la falsa dicotomía entre tradición y modernidad, lo que resumió citando a Malraux: “la tradición no se hereda, se conquista”. Su primera obra de restauración fue el palomar de la Casa de Pilatos, en un tiempo en el que veía con preocupación cómo la Sevilla histórica iba desapareciendo ante sus ojos. Determinó entonces comenzar a trabajar para contener ese proceso que iba devorando sobre todo las construcciones más populares de la ciudad, dejando tan sólo monumentos en sí mismos bastante bien conservados, pero completamente descontextualizados. Para ello, tropezó con múltiples trabas impuestas desde las administraciones públicas, por lo que criticó su predisposición para asfixiar cualquier iniciativa privada en esa dirección, contribuyendo así a la destrucción de un patrimonio que no tienen medios para preservar. También se lamentó del crecimiento descontrolado de los reglamentos dirigidos a regular la arquitectura y la intervención en el patrimonio, lamentablemente diseñados para suplir la incompetencia y falta de formación de los múltiples órganos responsables de aplicarlos e interpretarlos, y coartada de numerosos profesionales para poblar nuestras ciudades de banales y estereotipadas construcciones. Subrayó finalmente el acoso que tanto Rafael, como Luis Fernando, como él habían sufrido siempre por resistirse producir ese género de arquitectura mediocre y reclamó por ello la devolución a la Real Academia de Bellas Artes del papel de órgano de apelación ante el que recurrir las decisiones de las comisiones de patrimonio.





miércoles, 16 de octubre de 2013

Rueda de prensa en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid)

En la mañana del martes 15 de octubre se dio a conocer ante la prensa la obra ganadora del Premio Rafael Manzano Martos 2013: el trabajo de Ignacio de Medina y Luis Fernando Gómez-Stern en las hoy conocidas como Casas de la Judería de Sevilla. 


En la fotografía, de izquierda a derecha: Ignacio de Medina, Richard Driehaus, Antonio Bonet, Rafael Manzano y Luis Fernando Gómez-Stern

En esta presentación Richard Driehaus habló primero de los orígenes y objetivos del premio por él instituido en España, destacando el carácter cívico y social de la arquitectura y el urbanismo tradicionales. Subrayó también su importancia para dotar a la ciudad de carácter, de especificidad, sin desatender lo particular del lugar y la cultura a los que pertenece. Reivindicó el retorno de los arquitectos al papel de "héroes culturales", capaces de preservar la identidad y el legado arquitectónico de nuestras diversas regiones.

Rafael Manzano llamó la atención sobre el grave proceso de destrucción que vienen sufriendo las ciudades históricas españolas, incluso aquéllas más estrictamente protegidas, al no contar ya los arquitectos con apenas formación en el lenguaje y las técnicas que les dieron forma. Criticó el actual modelo de enseñanza de la arquitectura, alejado de la preparación de los estudiantes para el trabajo digno y modesto que probablemente habrán de desempeñar e impulsados a convertirse todos ellos en genios, cada uno con sus propias reglas y su propio lenguaje. Se lamentó de cómo este proceder va convirtiendo nuestros conjuntos urbanos en verdaderas torres de Babel arquitectónicas, difuminándose poco a poco sus matices locales. Destacó cómo la sucesión de intervenciones dispares y lingüísticamente autónomas está degradando irreparablemente nuestra herencia cultural y cómo este proceso podría atajarse o al menos atenuarse con una buena formación de los arquitectos en un lenguaje reglado, más transmisible y más didáctico: el de la tradición, con todos sus matices y variantes locales.


Rafael habló también de cómo los barrios que constituyen nuestros conjuntos históricos, como la propia antigua judería premiada, coinciden todos ellos en una saludable imbricación de clases sociales, disponiéndose en continuidad las casas de ricos y pobres, evitándose así la aparición de guetos para las clases más desfavorecidas. Sin embargo, con frecuencia sólo los grandes palacios y monumentos son convenientemente protegidos, abandonándose a su suerte los edificios más populares, lo que poco a poco va dejando esa arquitectura monumental descontextualizada.   

Ignacio de Medina relató cómo fue su aproximación al mundo de la arquitectura y la restauración. Desde su infancia, transcurrida en la sevillana Casa de Pilatos, que él mismo restauraría más tarde, fue viendo desaparecer a su alrededor la Sevilla que él había conocido, y en especial sus construcciones más populares. Determinaría por ello ir adquiriendo numerosos inmuebles del centro histórico de la ciudad, con la heroica voluntad de salvarlos de la piqueta y de mantener su auténtica identidad tradicional. Tropezaría en este esfuerzo con múltiples trabas impuestas desde la administración, por lo que de su ambicioso plan podría únicamente llevar a cabo una pequeña parte: el conjunto de la antigua Judería sevillana, donde iría restaurando casa por casa la práctica totalidad de uno de los barrios de la ciudad.

Luis Fernando Gómez-Stern, el arquitecto que llevaría a cabo esta tarea junto a Ignacio de Medina, habló de cómo esa arquitectura considerada por muchos retrógrada, mimética o museística no sólo es compatible con la vida actual, sino que resulta mucho más moderna que la considerada como tal, pues, tal como el resultado de esta intervención muestra empíricamente, hace la vida contemporánea más amable y rica. Sin embargo, la arquitectura tradicional, con su lenguaje, sus técnicas y sus materiales, así como las reconstrucciones o reintegraciones con ellos están hoy prácticamente prohibidas o proscritas desde numerosas instancias, permitiéndose o promoviéndose únicamente las más modernas incrustaciones.